A 10 años del homicidio de David Fremd en un acto terrorista, sus hijos Gabriel —víctima, testigo y sobreviviente— y Guillermo hablan de sus vivencias de aquel 8 de marzo, las implicancias en sus vidas y sobre el “silencio que aturde” en torno al antisemitismo en Uruguay.
Todavía en las puertas de la vigilia, Gabriel escuchó el inconfundible roce del vaquero que anunciaba el pasaje de David por el pasillo de la casa. Tirado en su cama y bajo los efectos del letargo que sigue al sueño del mediodía, Gabriel deseó que fuera su padre quien volviera a abrir la tienda, una obligación que intercalaban cada tarde desde hacía más de dos meses cuando el tercer varón del matrimonio Fremd-Kanovich había retornado temporalmente a la casa de sus padres. Ante la constancia irrefutable de que la siesta de ese martes 8 de marzo de 2016 en Paysandú había llegado a su fin, Gabriel venció su estado de somnolencia y se reincorporó para volver, junto a su padre, a las labores en Jean Center a las 15 horas.
Mientras se trasladaban en el auto decidieron que esa tarde harían deporte juntos. Ese es el último diálogo que Gabriel tiene registrado, al narrar con cuidado y el máximo detalle posible, como si quisiera evitar que el paso del tiempo y su propia memoria lo traicionen en alguna esquina borrosa del relato. Y por eso también hace un esfuerzo para contestar con exactitud cuando le hago una pregunta tan inocua y evitable como quién manejaba ese día.
Ya me lo había advertido semanas atrás cuando empezamos a intercambiar mensajes para hablar sobre la posibilidad de esta nota. Si bien habíamos mantenido algún contacto en el pasado a raíz del asesinato de su padre, esta era la primera vez que íbamos a dialogar en profundidad sobre el asunto y por eso —fiel a su sentido de responsabilidad— creyó necesario aclararme que no tenía buena memoria, que no era particularmente hábil narrando y que no tenía un mensaje para dar. Le dije que no se preocupara, que la idea era construir de forma conjunta a partir de un diálogo.
Al encontrarnos pocos días después, a las 9 de la mañana del sábado 7 de febrero de 2026, también me aclara, luego de un intercambio de tres horas, que en la última década no habló demasiado de este tema, lo cual intuyo que significa que no lo habló lo suficiente.
Le pregunto entonces cuál es su primer recuerdo previo al atentado. Y comienza a contestar.
—No me acuerdo si fue un martes el 8 de octubre —dice.
—El 8 de marzo —lo interrumpo. Él hace un gesto de resignación y dice asumiendo el equívoco:
—Va a ser infinito, lo tengo así relacionado por algún motivo.
Gabriel suele confundir el 8 de octubre —en relación al ataque terrorista de Hamás sufrido por Israel el 7 de octubre de 2023— con la fecha del homicidio de su padre, también basado en un crimen de odio inspirado en una interpretación política y violenta del Islam, que califica como un acto antistemita y terrorista.
Entonces le vuelvo a preguntar por ese último diálogo y él vuelve a la escena del auto. David al volante. Dobla por Avenida España. Sube por Guayabos. Frena en la mitad de la cuadra. Se baja David, Gabriel se acomoda en el asiento del conductor y toma el volante para estacionar. Entonces escucha gritos desde atrás: “¡Pará, pará!”. Y mira por el espejo lateral izquierdo del auto para advertir que David estaba en el suelo.
Se suponía que Gabriel no debía estar ahí. Un año, una decisión que en su momento lo había colocado en un cruce de caminos entre continuar la actividad comercial en la empresa de la familia o iniciar su proceso de antes había partido a Montevideo para estudiar Psicología en la Universidad de la República emancipación.
La determinación de irse no había sido fácil porque trabajar en La Popular y Jeans Center era una cuestión de historia e identidad para él: desde sus primeros recuerdos habitaba las tiendas que su padre dirigía en sociedad con su hermano Mario. Gabriel había crecido ahí en contacto con empleados leales y clientes fieles y había descubierto su interés por la atención y la venta. Con propiedad podría decir que el comercio era una de las cosas que le gustaba y que trabajar junto a su padre era un motivo para levantarse cada mañana.
David lo sabía y por eso durante una caminata desde el local a la sinagoga de Paysandú le había regado la semilla de la duda: por qué ponerse a estudiar otra cosa, por qué irse si era lo que le gustaba, si sus hermanos ya habían elegido otro camino. Sin embargo, o quizás a raíz de todo eso, ya sea por forjarse un destino propio, por rebeldía o por la razón que ese chico de 20 años hubiera encontrado, a fines de 2015 Gabriel estaba terminando su primer año de Psicología.
Cuando llegó la zafra de diciembre, la duda volvió a ponerlo en jaque y el 8 de diciembre le escribió un correo electrónico a sus padres en el que les comunicaba su decisión de dar solo dos exámenes en ese período y dejar otros dos para febrero. Gabriel lo presentaba como una estrategia académica: “me permite estar más tranquilo para los otros dos exámenes. Ya tengo los créditos para pasar a segundo año, nada me apura”. Pero lo más importante o, tal vez, lo único relevante venía al final: “De esta manera también puedo estar firme en Jean Center desde el 18, que ya bastante me costó no estar el año pasado. Es lo que me gusta, lo que quiero hacer y dónde estoy cómodo. Me voy a sentir mal solo conmigo, por mí y por nadie más, si no estoy”.
Cuando Gabriel termina de leer el mail desde su teléfono le pregunto si al momento de escribir esas líneas pensaba en quedarse en Paysandú o retomar la carrera. Se ríe y dice que no lo sabe. Y como fundamento trae dos hechos contradictorios en apariencia: para el 8 de marzo, la zafra de diciembre y enero ya había terminado hacía tiempo, pero él seguía ahí. Sin embargo, tenía una entrevista fijada en una tienda de venta de ropa en Montevideo.
Si le preguntan, el recuerdo que tiene de ese verano es el del asesinato. Pero su memoria también guarda una tarde feliz en el Club de Golf de Paysandú, pocos días antes del hecho. Gabriel se ve en la parte de atrás de una cancha de pádel jugando al frontón junto a David. No contaban los puntos. Solo disfrutaban que la pelota fuera y volviera, de poder alcanzarla luego del ruido de cada golpe; un esfuerzo conjunto con el solo objetivo de mantener el juego.
Gabriel asume que durante esos meses se reencontró con la alegría de trabajar junto a David, aunque no recuerda en particular algo referente a la tienda. Lo que su mente le deja ver y le bloquea es una constante que atraviesa toda esta charla y los últimos diez años de su vida.
Gabriel sabe que vio a Carlos Omar Peralta –alias Abdullah Omar– apuñalando a su padre en esos segundos en que miró por el espejo lateral y se bajó del vehículo sin saber todavía que ocurría o mientras corría para tacklearlo. Tiene la convicción de haberlo visto, aunque su mente lo inhiba de evocar esa secuencia en la forma de un recuerdo. Gabriel lucha contra las restricciones de su propio cerebro aunque reconoce con agradecimiento los límites que él le impone para preservarlo. Para cuidarlo, de cierto modo.
La única imagen que puede rememorar es la de su padre tirado en el piso de espaldas, con movimientos de piernas y brazos similares a los de un bebé. Pero lo cierto es que algo vio porque salió disparado del auto, agarró la bajada de Guayabos y derribó al hombre que estaba agrediendo a su padre al grito de Allah akbar (“Alá es el más grande”). Cayó hacia adelante y se pegó en la cabeza contra el piso. En ese momento fue imperceptible, pero varios minutos después alguien le señalaría en el hospital que tenía un corte en su muslo izquierdo que el atacante había logrado infringirle antes de que el cuchillo saliera despedido y ese hombre huyera hacia el oeste por Avenida España.
Cuando se reincorporó vio la camisa rota y ensangrentada de su padre, quien daba bocanadas de aire. Gabriel no explica de dónde David sacó fuerzas para subirse al auto por sus propios medios. Sabía que debía llevarlo de urgencia al hospital pero aún no era del todo consciente de la gravedad de la situación. Eso empezó a cambiar durante las diez cuadras que los separaban de la Corporación Médica de Paysandú (Comepa). Gabriel recuerda darle palmadas en la pierna para mantenerlo consciente mientras aceleraba. “Dale viejo, no te quedes, no te quedes”, le decía. Pero a las pocas cuadras David ya se había desmayado.
En esa carrera contra el tiempo, Gabriel recibía las indicaciones de un empleado de la tienda, que se había subido atrás, para que no respete ninguna señal de tránsito y toque bocina. En un estado de shock prematuro, pero ciertamente habilitante, Gabriel respondía a los comandos para acelerar el paso. Paró en la puerta de la emergencia y al buscarle el pulso a su padre en el cuello percibió una dureza que aún hoy evoca como un momento muy difícil.
David Fremd ingresó a Comepa con heridas severas y fue trasladado de inmediato a una sala de reanimación en la planta baja del hospital. Gabriel sí recuerda lo que vio ahí, una secuencia que está exonerada de detalles y que bien podría resumirse como lo más duro que cualquier hijo podría vivir. Lo que también recuerda es que en esas circunstancias le entregaron una bolsa con la ropa que llevaba ese día su padre y sus pertenencias. “Por algún motivo eso fue difícil”, dice Gabriel al evocar ese momento o el siguiente, cuando tuvo que meter la mano dentro de la bolsa para buscar algo. La imagen vívida de esas dos instancias lo ha acompañado a lo largo del resto de su vida.
—¿Las has visto a lo largo de los años?
—Sí, un montón. Las sigo viendo.
—¿Despierto? ¿En sueños?
—Todo. En algún momento me afectaron más que en otros y de distinta manera. También me afectó el bloqueo mental que tengo. Eso que no puedo ver, eso que el cerebro me protege, me mata. Por un lado lo quiero ver y por otro tengo miedo de verlo. Tengo miedo que eventualmente el cerebro me diga: “Mirá, acá están las imágenes, tomá”. Y ver al tipo acuchillando a papá.
En algún momento imposible de precisar ahora, Gabriel llamó a Susana, su madre, para contarle lo que había sucedido. Desde la perspectiva del presente se cuestiona si no tendría que haber ido a su casa. Tan complicado como hacer ese llamado fue recibir la respuesta de su madre, quien reaccionó como si todo eso se tratara de una broma de mal gusto.
A David lo subieron al tercer piso para operarlo. La sala de espera se empezó a llenar de familia directa, amigos, empleados de la tienda y sanduceros desconocidos. La noticia llegó también a Chile y a Israel, donde estaban radicados sus hermanos Rafael y Guillermo respectivamente.
Guillermo Fremd escuchaba las explicaciones que Dmitry (Dima) Adamsky le daba sobre las características de la disuasión nuclear en la Guerra Fría cuando su teléfono empezó a vibrar. La clase de Estrategia y disuasión, que estaba cursando como parte del programa de la Maestría en Gobierno, con especialización en contraterrorismo e inteligencia, en Reichman University (Israel) estaba concluyendo, por lo que no demoró en atender la llamada.
Era su madre quien le dijo de forma directa que habían acuchillado a su padre. Guillermo pensó enseguida que se trataba de una rapiña o, incluso, que David había intentado intermediar en alguna pelea callejera, una acción que ya había hecho antes. Susana le dijo que no sabía mucho, pero que quería avisarle de inmediato. Guillermo llamó a Daniela —actualmente su esposa, en aquel entonces su novia— y la esperó, aún sin conocer la gravedad de la situación, mientras ella recorría los 15 kilómetros que separan a Tel Aviv del campus donde se encuentra la universidad, en la ciudad costera de Herzliya.
La pareja se trasladó hacia la casa de los tíos de Daniela en Kfar Saba, a ocho kilómetros de la universidad hacia el Este, y allí esperaron durante dos horas con noticias que llegaban con poca claridad. En el hospital también especulaban con la hipótesis de que David hubiera querido interceder para frenar una rapiña en proceso. Era, después de todo, la versión más verosímil y probable del hecho, aunque no terminara de cuajar la agresividad del asesino que se manifestaba en las lesiones severas que tenía David.
Pero cuando Susana volvió a llamar a su hijo para contarle la peor noticia, Guillermo ya sabía con certeza que la muerte de su padre no se había originado en una de las tantas rapiñas que le cambian la vida a una familia uruguaya sino que tenía una naturaleza ideológica. Es decir, que había sido un acto terrorista.
La disonancia que podría provocar en cualquiera saber de un ataque antisemita con cuchillos a la luz del día en una calle céntrica de Paysandú generó un efecto de extrañeza difícil de explicar para Guillermo, quien en ese momento leía diariamente noticias de atentados terroristas con armas blancas en Israel —la llamada intifada de los cuchillos— y en algunas ciudades de Europa. El impacto era mayor si se consideraba lo que Guillermo estudiaba en ese momento y el hecho de que había trabajado en una empresa de seguridad, cuya labor consistía justamente en monitorear eventos de ese tipo para el desarrollo de negocios en alguna parte del mundo.
La pareja hizo una mochila, tomó un avión y aterrizó horas después en Buenos Aires, donde los esperaba el padre de Daniela para llevarlos en auto a Paysandú. El recuerdo de Guillermo es de confusión, de haber sido llevado por su novia hasta su destino.
Finalmente apareció un médico quien informó que David estaba estable, pese a que sus acciones posteriores pusieran en cuestión esa aseveración. Gabriel le pidió que ante la eventualidad de un desenlace fatal les avisaran para poder despedirse.
El médico volvió a salir y, pocos segundos después, una de las alas de esa puerta rebatible se abrió de nuevo:
—Vení —le dijo.
Cuando Susana apoyó su mano sobre la de su esposo el monitor de los signos vitales comenzó a sonar.
Hay un lugar de Uruguay en el que se cruzan dos calles que hablan de recuerdos y sueños rotos. Ese es el punto de encuentro con Guillermo una cálida tarde de principios de febrero. Hemos hablado varias veces en los últimos seis años en los que él estuvo radicado en Reino Unido, pero es la primera vez que lo voy a ver en persona.
Entrevistar a Guillermo no será fácil. De las conversaciones que hemos tenido sé que es analítico, que mide sus palabras, que calcula sus expresiones. Que es asertivo y busca la precisión. Estoy aquí para entrevistarlo por su condición de víctima, él lo sabe, pero también es difícil disociar todo el bagaje técnico que lleva a cuestas.
A Guillermo, como haré con Gabriel pocos días después, le pregunto por sus sentimientos. La tristeza lo acompaña cada día como un ruido de fondo. A sus hijos le quitaron un abuelo y a su padre la posibilidad de disfrutar de sus nietos. Eso es notorio en la rutina. La ausencia de David está en cada evento.
Pero hay días buenos, hay días ganados, en los que David aparece por todo lo que fue —el esposo, el padre, el amigo, el hombre que ayudaba en silencio— y no por su muerte o, peor aún, por las características particulares de su asesinato. Los hijos de David Fremd han dicho de forma pública y en privado que su padre es mucho más que su muerte. El mayor de los tres, Rafael, lo puso en evidencia en Un reloj que no es mío, un libro de relatos que toma fragmentos de la vida de su padre sin el drama por el que el nombre de David Fremd saltó a los titulares hace diez años.
Sin embargo, son las condiciones específicas de esa muerte, que podrían presumirse como impropias para un país como Uruguay, las que llevan a que sus hijos carguen con la responsabilidad no elegida de hacer algo con todo esto. (Para encontrar un antecedente de un homicidio motivado por un crimen de odio antisemita en Uruguay hay que retrotraerse a diciembre de 1987 cuando Héctor Paladino salió a matar judíos y dueños de medios de comunicación por Montevideo, luego de colgar una bandera nazi en su vivienda).
Guillermo no es el tipo de personas que querría hablar con un periodista y hacer públicos sus sentimientos. Hablamos de su tristeza pero también de su enojo cuando ve lo que sucede con este tema en Uruguay. Esa es la única razón por la que aceptó esta entrevista. Entonces dice: “Lo he vivido con mucha indignación y con mucha rabia con respecto a la hipocresía que veo en la sociedad sobre este tema. El asesinato de mi viejo es el punto máximo de un proceso que sucede todos los días en Uruguay que se llama antisemitismo, que se manifiesta de mil variables diferentes, pero que en definitiva sigue siendo el mismo fenómeno”.
La opinión de Guillermo tiene su correlato con lo que de cierta forma han marcado las encuestas de opinión y los estudios sobre expresiones en redes sociales para el caso de Uruguay. Un trabajo de Opción Consultores divulgado a fines de 2025 mostró que una “minoría relevante” (en el entorno del 20%) de los encuestados expresó tener menos simpatía por los judíos en comparación con otros colectivos. El resultado de esa encuesta va en línea con lo que otros estudios de opinión pública han relevado desde 1993. En tanto el Observatorio Web del Congreso Judío Latinoamericano ha verificado, en los últimos años, un aumento significativo de expresiones de odio antisemita en redes sociales en Uruguay.
En ese sentido, Guillermo también dice: “El antisemitismo en Uruguay está aceptado socialmente. Uno ve que cuando hay discriminación hacia otros colectivos existen expresiones de repudio y escándalos mayúsculos, pero con el antisemitismo el silencio aturde”.
Parecería que Guillermo generaliza, pero enseguida habla de determinadas organizaciones sociales, sindicatos, de ciertos sectores del mundo de la cultura y la academia, de grupos de estudiantes e incluso de algún partido político. Y trae ejemplos concretos al hablar del diputado Gustavo Salle, quien un día sí y otro también lanza acusaciones violentas e infundadas contra sionistas y judíos, de las expresiones antisemitas de integrantes de un colectivo feminista en una marcha por el Día de la Mujer y de otros casos. “El enojo está cuando un grado cinco de la universidad ataca a la exdirectora de Cultura (Mariana Wainstein), con un mensaje nazi, por su condición de judía”.
Ante estos hechos, Guillermo ve la pasividad de las autoridades e instituciones del estado responsables. “El asesinato de mi viejo sigue pasando todos los días”. Lo dice Guillermo Fremd. El mismo que, pocos días después del homicidio de su padre recorrió las calles de Paysandú junto a más de ocho mil personas en una manifestación que para él fue sanadora. Es el mismo que subraya que el silencio no es absoluto y que, a veces, una sola persona puede hacer la diferencia. El nombre que él recuerda con particular afecto y agradecimiento es el de Rossana Migliónico, periodista y profesora de Literatura sanducera, que supo cómo estar. Que encontró la forma de acompañar a través de sus palabras y sus acciones.
La primera y última vez que Gabriel le contó a su madre y a sus hermanos el relato del ataque terrorista fue en presencia de una psicóloga que, al día siguiente del hecho, había llegado desde Montevideo para ayudarlos a sostener o procesar la situación. La profesional hizo una dinámica para cambiar el foco de los pensamientos y al final promovió que cada uno hablara de lo que estaban sintiendo. Esa fue la única vez que Gabriel participó a su círculo más cercano de lo que había vivido. Y no es que lo haya hablado en muchas más ocasiones. Alguna vez con algún amigo y también en su propia terapia. Dice que no le molesta ni afecta contar los detalles, pero son pocos los que preguntan directamente ante la creencia de poder remover aspectos sensibles. Y con ese mismo ánimo de resguardo, él también ha callado mucho. Hablar, contar lo que le pasa, no siempre ha sido una opción binaria para él. Hay cosas que no puede explicar y otras que prefiere no hacerlo para proteger a quienes quiere.
Gabriel padece lo que la clínica llama estrés postraumático, una condición de salud mental que puede manifestarse tras vivir o presenciar un evento traumático, como un accidente grave, un desastre natural o cualquier forma de violencia. Es común ver esta condición en quienes participan o son víctimas en guerras y atentados terroristas. Él cumple una triple condición rara, como testigo, como víctima directa y como sobreviviente.
Gabriel ha sufrido de ansiedad y aún la padece, aunque se reconoce infinitamente mejor. Pasó mucho tiempo —no recuerda cuánto— hasta que pudo llorar la muerte de su padre. Se ha reclamado la dificultad de poder estar triste. Esa es una de las tantas cosas con las que ha cargado en los últimos diez años.
El asesinato, el acto terrorista, el efecto mediático, la condición pública del hecho ha dificultado el procesamiento del duelo y, en cierto sentido, hace que la muerte de su padre no se viva como una experiencia tan propia.
Y después están los pensamientos, las imágenes, las obsesiones, los sueños. Una pesadilla solía asaltarlo con recurrencia: él se veía despertándose en la mitad de la noche mientras Peralta entraba a su casa en Paysandú.
Además de volver a experimentar el trauma (“reviviscencia” en la jerga técnica) que se manifiesta a través de recuerdos intrusivos, flashbacks o pesadillas, Gabriel ha desarrollado una suerte de hipervigilancia típica que lo lleva a estar en guardia todo el tiempo, incluso en situaciones en las que cualquier otra persona no se sentiría amenazada. Conocer su ruta de escape ante la eventualidad de que pase algo solía ser su ritual de salida. “Tengo que estar entendiendo cómo huir”, dice. Él lo define como un bloqueo que le ha afectado —cada vez menos— para vivir bien y para animarse a hacer cosas simples. De ahí que en los últimos años haya evitado lugares, actividades, conversaciones, personas.
En su relato hay miedo pero también culpa. Cuando le pregunto sobre el primero de esos sentimientos responde contundente: “Quedé con miedo a la vida. A que ahora se caiga la bici», dice en referencia a una bicicleta que está a nuestro lado, «y a que a mí me despierte un ruido”. Es el miedo a saber que cualquier impulso exógeno tiene la capacidad de generar una resonancia interna que lo lleve hacia un lugar indeseado. Pero es mucho más que eso: es vivir perseguido ante la sola posibilidad de la amenaza de que el trauma que experimentó no haya quedado anclado en el pasado sino que tenga continuidad en el presente o en el futuro.
Las amenazas de muerte que su tío Mario Fremd sufrió en su comercio, el 29 de abril de 2020, de parte de Ángel Budez, un compañero de Peralta en el Vilardebó, le dieron asidero a esos temores. Pero la liberación del asesino de su padre en octubre de 2024 fue un parteaguas para él.
Esa decisión judicial encendió algunas alertas en la familia ante el escenario hipotético de que Peralta volviera a actuar, ya sea guiado por una ideología, por su esquizofrenia diagnosticada o por una mezcla de ambos como parecería haber sido el caso. La incertidumbre hace crecer las ansiedades y reactiva miedos. Pero además, la liberación de Peralta, quien fuera declarado inimputable, despierta el sonido y la furia de Gabriel: “Me parece una locura que esté libre. No sé ni cómo ponerlo en palabras”.
Luego del asesinato, Gabriel dejó de estudiar Psicología y se mudó a Paysandú en donde asumió el rol de David en la tienda durante un año. Todos los días volvía al mismo lugar, al del homicidio, pero también retornaba a la ausencia de su padre: a su oficina, a sus clientes y a sus proveedores. Sentía que era el único lugar en donde podía estar. Susana le insistía que se fuera. Gabriel escuchó el pedido de su madre y se fue a estudiar Licenciatura en Sistemas. Eligió una carrera que le permitiera independizarse rápidamente, por más que hoy no es lo que lo llena.
—¿Hubieras querido seguir con Psicología?
—Hubiera querido quedarme en la tienda con papá.
Gabriel ha cargado con muchas cosas: con la pérdida de su padre, con su propia mente, con un loop interminable de imágenes truculentas, con las ramificaciones y múltiples implicancias —invisibles para la mayoría— de un acto que hizo mover los cimientos de su familia. Gabriel ha cargado con su silencio y con su soledad.
Gabriel logra olvidarse y eso le permite sobrevivir, una palabra que repite varias veces. Los grandes responsables de esa sanación fueron “los enanos”, como llama a sus tres sobrinos, cuyo nacimiento le devolvió vitalidad y alegría. Ahora Gabriel puede y quiere hablar. Entonces le pregunto por qué, por qué ahora.
—Cuando escuché el testimonio de los sobrevivientes del ataque del 7 de octubre de 2023 en Israel algo se destapó en mí. Personas que habían experimentado situaciones mucho más duras y difíciles que lo que yo viví tenían el coraje de hablar, contar con detalles y compartir lo que les había pasado.
Gabriel sigue pensando en eso. Quizás nunca deje de hacerlo. Lo tiene enfrente todo los días. Es inevitable sentir que pocas cosas tienen sentido o que el día más feliz de la vida ya pasó. Gabriel sigue pensando en eso, pero aun en el dolor, lo hace de otra manera; con esas ganas de tomarse un mate con su papá o darle con todo a una pared de frontón mientras se va otra tarde de verano en Paysandú. Hoy, por fin, Gabriel puede extrañarlo.